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Uexkhüll contra Darwin

Jacob von Uexküll tenía poderosos argumentos en contra de la teoría de la evolución de Darwin. Es cierto que eran poderosos, creo, pero los mejores no chocan realmente con la teoría de Darwin, sino que son perfectamente compatibles con ella.

 Hay que recordar aquí aquella frase que se hizo célebre gracias a un anuncio de colonia: “Hay otros mundos, pero están en este”.

No sólo de abajo arriba, como del mundo de la cigarra respecto al nuestro, sino también al revés: hay mucha información que las cigarras o las abejas perciben y que a nosotros nos pasa inadvertida. Por ejemplo, las abejas ven la luz ultravioleta y nosotros no.

A principios del siglo XX, un biólogo llamado Jacob von Uexküll pretendía oponerse al darwinismo con argumentos realmente poderosos. Una de las cosas que decía Uexküll es que los animales de un determinado ecosistema viven en mundos diferentes. En el rico fondo marino, lleno de estímulos diversos (temperatura del agua, colores, formas, etcétera) una esponja sólo percibe dos cosas: me tocan/no me tocan.

Es como un ordenador digital: abierto, cerrado. A la esponja le importa un pimiento si lo que la toca es un pedazo de plancton verde, rojo o amarillo o un trozo de plástico, ella sólo percibe:

me toca|no me toca

abierto|cerrado

encendido|apagado

0|1

La esponja de Uexküll se parece al insecto de Zhuang Zi: vive en el mismo mundo que nosotros, pero como si no: de los cientos de miles de estímulos posibles sólo recibe dos.

En Cartas biológicas a una dama, un delicioso libro que escribió para la que iba a ser su esposa, la condesa Gudrun de Schwerin-Schwerinsburg, Uexküll pone varios ejemplos brillantes acerca de esto, que recuerdan muchísimo a Zhuang zi:

“Karl Ernst von Bauer ha utilizado estos hechos para construir una tesis muy ingeniosa. Supone que la vida de los distintos seres contiene el mismo número de momentos, pero con distinta duración; de modo que unas veces el momento abraza centésimas de segundo, y otras veces horas enteras. Existen empero animales que sólo viven un año y otros que viven un día. ¿Cómo se transforma para estos animales el aspecto del mundo, si su vida comprende el mismo número de momentos que la nuestra?
Sí estuvieran provistos de entendimiento humano, los padres, al morirse en otoño, después de su año de vida, dirían a sus hijos que les espera todavía un largo período de vida, en el que han de soportar los horrores del frío y de la nieve; pero que no deben perder la esperanza, porque también a ellos les ocurrió lo mismo en su juventud, y luego llegaron a mejores tiempos.
Los animales que no viven más que un día referirían a sus hijos este tiempo de horror como una vieja leyenda. El día y la noche serían meses para unos, media vida para otros.
A semejantes criaturas, todos los acontecimientos del mundo han de parecerles enormemente lentos. La bala que sale de la pistola ha de parecerles quieta en el aire. No deben tener ni idea del crecimiento de los árboles, como nosotros no tenemos del de las montañas.
Por otra parte, pueden imaginarse criaturas cuyos momentos se extiendan sobre un número mucho mayor de años. Para estos seres, las estaciones cambiarían, como para nosotros cambian los días. Transcurriría todo en un «tempo» acelerado. Las hierbas brotarían del suelo como surtídores. Verdearían, crecerían y morirían los bosques, como para nosotros las praderas. No se vería el sol; durante breve tiempo aparecería en el cielo un arco de fuego seguido de una corta oscuridad.”

Jacob von Uexküll
Cartas biológicas a una dama

Lo que proponían von Baer y Uexküll ahora nosotros tenemos la suerte de poder verlo gracias a la fotografía y el cine, que nos permiten presenciar en unos segundos el crecimiento de un árbol o durante minutos el abrirse de un párpado humano.

Es fácil también hacer animaciones en Flash u otros programas para intentar entender cómo podrían ver el mundo esas “fantásticas criaturas”. Seguramente habrá ocasión más adelante de incluir aquí algunos ejemplos. En la película Koyaanitqatsi hay hermosos ejemplos de maneras de ver el mundo a diferente velocidad.

Es muy posible que Baer o Uexküll fuesen la inspiración de un hermoso cuento de H.G.Wells, El nuevo acelerador, en el que se cuenta la experiencia de alguien que percibe los años como instantes y ve literalmente crecer la hierba.

La conclusión de todo esto es que nosotros percibimos un mundo que no perciben las cigarras o las abejas, pero que tal vez ellas perciben mundos que nosotros ignoramos y nunca podremos conocer (esa es la tesis de Uexküll).

  Pero, por ahora, lo que me interesa es mostrar que nuestros criterios acerca de las cosas dependen del sistema de referencia desde el que las percibimos. Desde su limitado punto de vista la cigarra y la tortolilla desprecian al pájaro Kun; desde su estrecho mundo de estímulos, la esponja ignora miles de aspectos de la realidad que la rodea.

Pero no hace falta ser esponja para percibir un mundo limitado: basta con tener poca curiosidad. Personas que viven en el mismo mundo y pertenecen a la misma especie, como los seres humanos, pueden vivir percibiendo miles de estímulos o sólo unas cuantas decenas. Depende de la curiosidad de cada uno, porque, como dice la psicología cognitiva, el ser humano no es un sujeto pasivo de laboratorio conductista, sino un buscador activo de información: no recibe pasivamente los estímulos, sino que también los busca.

Para volver a la relatividad de Zhuang Zi y a la de Einstein: es importante recordar que afirmar que todo es relativo no significa decir que todo vale lo mismo, que todo es lo mismo o cualquier otra simpleza semejante.

 

Fragmento de Lectura del Zhuang Zi

Perkins Gilman y lo humano

Comenté algunas cosas que dice Perkins Gilman en A manmade world.

Pongo aquí un enlace a esa entrada por si no la leiste:

Perkins Gilman hablaba de las características femeninas y las masculinas, pero ya dije que no caía en ese pseudobiologismo hoy tan extendido que dice todo el rato que hombres y mujeres son diferentes. Al contrario.

En primer lugar Perkins Gilman señala esa curiosidad que conocen los etólogos (estudiosos del comportamiento animal): que en muchas especies el macho tiene un comportamiento que se parece al de la hembra humana. Se refiere a la exhibición y los adornos, a los elementos de seducción, comportamiento del que el ejemplo animal más llamativo es el macho pavo real, con sus impresionantes plumas que parece que sólo tienen la utilidad de deslumbrar a la hembra. Las plumas dice Perkins Gilman son masculinas, no femeninas, lo que hoy en día tiene un doble sentido, insospechado entonces, supongo.

Esta es una de esas paradojas que ponen en entredicho las simplistas calificaciones de masculino y femenino. Pero no se trata de descubrir qué es realmente femenino y qué es realmente masculino haciendo una estadística de todos los animales conocidos. Ese tipo de ejercicios son inútiles, sean cuales sean sus resultados.

André Gide intentó en Corydon demostrar que la homosexualidad era la conducta dominante entre los animales. Recuerdo que cuando leí el libro me pareció bastante convincente, como suelen resultar todos los libros de biología que intentan mostrar la ventaja adaptativa de este o aquél comportamiento (como El Gen egoísta de Dawkins). Porque lo cierto es que entre los animales se da prácticamente todo tipo de comportamiento, así que es fácil demostrar casi cualquier cosa.

Pero sea cual sea el resultado de esas estadísticas entre lo masculino y lo femenino, insisto en que no tiene importancia. Perkins Gilman lo sabe, como lo sabía Aristóteles o Pico de la Mirándola. Lo masculino y lo femenino como tales quedan cancelados por algo superior en nuestra especie: lo humano.

Por supuesto que tenemos características que podríamos llamar masculinas o femeninas por comparación con otras especies. Por supuesto que podemos observar en términos generales más agresividad, o al menos más agresividad violenta entre los machos que entre las hembras (no en la mantis religiosa, claro). Por supuesto que podemos observar que entre las mujeres se dan más instintos maternales, más tendencia a cuidar de los hijos.

Eso es obvio, pero esas características y muchas otras se deben no a nuestra parte humana, sino a nuestra parte animal, es decir masculina o femenina. Si lo humano se desarrolla, irán disminuyendo más y más estas diferencias y todas las demás. Ya se puede observar, lamentablemente, la misma agresividad masculina en mujeres soldado, y también se puede observar, afortunadamente, más atención a los hijos por parte de los padres. La adopción de hijos por parejas homosexuales e incluso su gestación cambiará muchísimas cosas y romperá con muchos tópicos que sostienen que uno está obligado a comportarse de una u otra manera según lo que tenga entre las piernas.

¿Y qué tiene esto que ver con Aristóteles y Pico de la Mirandola?

Tiene que ver que Aristóteles dijo que la naturaleza del ser humano es no tener naturaleza. La característica principal de la ‘humanidad’ es que no tiene ninguna característica fija, excepto las que ella misma quiera darse.

Y lo mismo decía Pico de la Mirandola mediante una fábula en la que Dios creaba a los ángeles con una naturaleza bondadosa y pura y a los demonios con una naturaleza malvada. Al ser humano lo creaba sin naturaleza y le decía: “De ti depende elevarte a los ángeles o descender a las bestias”.

Cuando la gente todavía sigue hablando de lo masculino y lo femenino con tanta tozudez suele poner un montón de ejemplos pintorescos como que las mujeres son de Venus y los hombres de Marte porque unos leen mapas y otros no son capaces de hacer dos tareas a la vez.

Son las típicas mentiras estadísticas (McLuhan: “Hay tres clases de mentiras: las mentiras, las mentiras a medias y las estadísticas”). Algunas de esas apreciaciones estadísticas evidentemente se basan en datos reales: los hombres difícilmente superarán a las mujeres, por ejemplo, en dar de mamar: ni siquiera serán capaces de sacar leche (ahora dudo y pienso que quizá incluso podrían lograr eso finalmente).

Otras diferencias no se basan en la biología, sino en la educación, que sigue siendo sexista, muy sexista, y en los estímulos diferentes que reciben hombres y mujeres. Sacar conclusiones acerca de caracteres femeninos y masculinos inmutables cuando las cosas apenas han empezado a cambiar hace dos o tres décadas en sencillamente absurdo.

No es diferente de las consideraciones acerca de la inferioridad de los negros que se sacaban en siglos pasados, e incluso hasta la segunda guerra mundial con los test de inteligencia que supuestamente demostraban dicha inferioridad.

Ahora, bien, insisto, para dejar claro este asunto que suele escaparse de las discusiones. No digo que no haya diferencias biológicas entre hombres y mujeres, incluso puede suceder que los hombres o las mujeres tengan estadísticamente mejor orientación espacial, habilidad lingüística o lo que sea. Lo que digo es que eso no es importante. La cultura y la capacidad humana de aprender puede cancelar prácticamente todo lo biológico. Incluso la orientación sexual. Es posible que en el feto, en la infancia o en la adolescencia se produzca una especialización sexual, pero el sexo humano y el amor humano van más allá de los simples impulsos sexuales animales, que por supuesto existen, pero que son procesados por nuestro cerebro y transformados. El ser humano, en definitiva puede educarse a sí mismo y darse nuevas maneras de ver la realidad, no sólo la pobre manera instintiva con que nos dota la biología.

Un ejemplo es el mecanismo del estrés. Se supone que es una herramienta muy útil para sobrevivir en situaciones de peligro, por ejemplo ante el acecho de una fiera salvaje. Es posible que los seres humanos en los que se activaba mejor este mecanismo tuvieran más oportunidades de sobrevivir y reproducirse. Hoy en día el mecanismo existe, pero no suele activarse por la presencia de una fiera salvaje, sino por situaciones como una llamada de Hacienda, problemas en el trabajo, sobrecarga de responsabilidades, etcétera. Es decir, el mecanismo existe, pero las causas que lo activan son totalmente diferentes y es obvio que la evolución no primó el mecanismo del estrés para que algún día nos enfrentásemos a un inspector de Hacienda. Del mismo modo, la atracción sexual, el deseo sexual y el placer que proporciona el sexo seguramente han tenido algún tipo de valor evolutivo, pero fueran cuales fueran las causas que lo activaron en el pasado, ahora esos efectos se pueden conseguir a partir de otras causas o estímulos, causas o estímulos que nos proporcionamos nosotros mismos, al menos si queremos.

El cerebro humano, en definitiva es capaz de manejar datos. No se sabe exactamente cómo lo hace y la comparación con los ordenadores actuales no parece que sea segura. Pero sí se puede comparar con un ordenador en un sentido. El ordenador tiene unas determinadas capacidades de proceso y de memoria, pero lo que haga con ellas depende del usuario: puede usar sus bytes para escuchar un disco, ver una película, jugar al ajedrez, escribir este entrada o argumentar justo lo contrario. El ordenador está hecho para procesar cantidades masivas de información, pero esa información puede ser de miles de tipos. Y lo mismo sucede con el cerebro humano. Si el cerebro de un humano se puede convertir en el cerebro de un nazi o de un sabio contemplativo y pacífico, y si ambas cosas están al alcance de hombres y mujeres, ¿cómo no van a estar a su alcance todas las demás cosas? Me resulta asombroso que en el siglo XXI, cuando más muestras hemos tenido de lo absurdo de pensar que hombres y mujeres son diferentes, cuando se ha podido ver que las mujeres pueden hacer todo lo que hacen los hombres y todo lo más elaborado y sofisticado, ahora se busquen diferencias tan chapuceras como si uno u otro hacen dos tareas a la vez o si unos se orientan mejor o peor. La buena noticia es que, aunque sea absurdo, mientras sólo se discuta eso…

Richard Dawkins ha publicado un nuevo libro que parece muy interesante: El relato del ancestro. He leído algunas entrevistas que le hacen con motivo de la aparición del libro y parece que Dawkins está abandonando progresivamente su determinismo genético (que defendiera en El gen egoísta), tal vez porque la reciente lectura del ADN ha sido un duro golpe para quienes confiaban en los genes para explicarlo todo. En su nuevo libro da mucha importancia al sexo como factor evolutivo y parece considerar seriamente la posibilidad de que ciertas características que poseemos sean casi accidentales o al menos un efecto colateral de ciertos cambios en la especie. En definitiva parece considerar diversas causas y mecanismos en el proceso evolutivo.

También, creo ha moderado su entusiasmo por los memes y ahora dice lo que decía al principio: que sólo se trataba de una metáfora para ilustrar su idea de que no todo proceso selectivo tenía por qué ser necesariamente biológico. Su actual moderación le hace acercarse a muchas de las ideas de su rival Stephen Jay Gould. Todavía no sé cuál es o será la reacción de los seguidores de Dawkins que adoran los memes (en la red los memes son todavía la moda del momento).

Todo explicado, nada explicado

¿Cómo se diría en latín? ¿Omnia explicanda nulla explicatio? Tengo que averiguarlo.

Si alguien lo sabe, que me envíe un mensaje o comentario.

Al leer hacia la página 642 de La estructura de la teoría de la evolución de Stephen Jay Gould, recordé un proyecto de cuento que no llegué a escribir. Se trataba de un ensayo-ficción en el que explicaba la ventaja evolutiva de cierto comportamiento animal o humano extravagante.

Todo encajaba perfectamente, pero todo era inventado. No sé si la intención original era escribir otro texto en el que con una precisión igualmente perfecta se justificaba el comportamiento opuesto.

Naturalmente, se trataba de una parodia de esas explicaciones a las que son tan aficionados algunos biólogos evolutivos, que son capaces de explicar cualquier cosa imaginable que hagan los animales.

André Gide escribió Corydon para demostrar que la homosexualidad estaba justificada por los muchos comportamientos animales homosexuales, pero en su época, la mayoría de los biólogos escribían ensayos para probar lo contrario.

Precisamente, la existencia de la homosexualidad es uno de esos comportamientos que resulta difícil explicar si se parte del supuesto de que el sexo está hecho biológicamente para la reproducción. Tal vez se trate de uno de esos efectos colaterales que a veces se producen en la evolución: algo que no había sido creado para un uso determinado es usado para eso, aunque no tenga ninguna ventaja evolutiva. El sexo nos incita a reproducirnos con el reclamo del placer, pero el reclamo del placer nos hace ver que podemos obtenerlo también con los de nuestro mismo sexo, e incluso podemos llegar a olvidarnos de que ese reclamo era para la reproducción. Esta es la explicación más trivial pero no es la que suele gustar a muchos biólogos que tienen una razón para todo. Y seguramente podrían crear una buena explicación que garantice la ventaja evolutiva también de la homosexualidad (a mí se me ocurren varias explicaciones ingeniosas).

Otro asunto que suele desbaratar las explicaciones ingeniosas tipo el gen egoísta es el comportamiento de los virus, que matan a quien los acoge, por lo que su triunfo total sería su extinción. Aquí, un razonador ingenioso dirá que precisamente no se produce ese triunfo total con lo que los virus siguen siendo ventajosos de alguna manera. ¿De qué manera? Yo no lo recuerdo, pero sé que alguien me lo ha explicado en algún libro, tal vez Dawkins en El gen egoísta.

Pero a veces uno se pregunta, del mismo modo que sucedía antes con la homosexualidad: ¿No será que los virus son cosas que ocurren sin más, no interpretables desde el punto de vista de la selección natural, al menos no como un factor causal de primer nivel?

También, ya que descendemos hasta los genes para explicar la selección natural, es tentador descender un poco más, por ejemplo, hasta los minerales y los metales. Podemos justificar el óxido de los objetos de hierro como un comportamiento (pongamos las necesarias y salvadoras comillas o cursiva dawkiniana), un comportamiento ventajosamente evolutivo, puesto que devuelve finalmente a la tierra los compuestos originales, contribuyendo así a futuras vetas de hierro. Algo de lo que no es capaz el acero inoxidable.

Pero, entonces, ¿qué ventaja evolutiva tiene el diamante, que resulta tan difícil de reciclar? Algún ingenioso (en este caso yo) dirá: “Su no reciclabilidad es compensada por su belleza, por el atractivo que ejerce sobre los seres humanos, lo que garantiza su supervivencia y finalmente, tarde o temprano, su creación artificial”.

Como se ve, todo se puede explicar.

Las guerras como adaptación

Algunos dicen, con argumentos ingeniosos capaces de explicar cualquier cosa, que las guerras y epidemias son algo así como reguladores beneficiosos de la superpoblación.Pero las guerras han existido desde los orígenes de la humanidad, desde que en el mundo había cientos de miles de seres humanos hasta los cinco mil millones actuales y seguramente se han producido tanto cuando sobraba alimento como cuando escaseaba.

Quienes se maravillan de la eficacia de la regulación de la especie deberían asombrarse mucho más de lo mal adaptada que está una especie que se ve obligada a regularse mediante guerras y epidemias.

(voy por Jay Gould 578)

 

Leo ahora a Gould que dice algo parecido a lo que escribí (La navaja de Occam) cuando interrumpí su lectura (aunque él no dice todo lo que yo digo ni yo digo todo lo que él dice).

Pone un estupendo ejemplo de una teoría más sencilla que otra y que sin embargo no es correcta: el lamarquismo, que supone un sólo paso (adaptación), frente al darwinismo, que requiere dos pasos: variación y selección:

“La ruta lamarquiana opera de manera más simple y directa… Pero resulta que la naturaleza sigue la vía darwiniana” (583).

También explica con acierto Gould que a menudo lo sencillo y lo complejo se definen en relación con nuestros prejuicios culturales.

Termina con una interesante nota en la que explica que el 12 de febrero de 2001, al anunciarse el número inesperadamente bajo de genes, en el genoma humano “se propinó el golpe más duro de nuestras vidas a las convenciones reduccionistas” y se favorecieron las teorías que, como la de Gould, insisten en las propiedades emergentes. Así, las ideas organísmicas de aquelllos defensores de la navaja de Occam (que querían aplicarla a nivel de gen, como Richard Dawkins, o de organismo) se han visto seriamente comprometidas. Y lo que resulta curioso y paradójico (aunque Gould no lo dice explícitamente) es que ese golpe ha sido en cierta medida un navajazo de Occam que ha reducido tan drásticamente el número de genes que ha hecho más improbable, en vez de más probable, el reduccionismo génico.

Es tan paradójico que se puede considerar un bello ejemplo de eso que se llama justicia poética: de qué manera una simplificación de la realidad (el número de genes) nos obliga a buscar explicaciones más complejas, porque con tan pocos genes no podemos explicar todas las variaciones observables.

(La Palma)

 Darwin se refirió a los vacíos del registro fósil, que no permiten documentar el paso gradual de una especie a otra, atribuyendo una imperfección al registro fósil. De este modo solucionaba un embarazoso problema en su visión de la selección natural como un mecanismo gradual, de cambios constantes pero casi imperceptibles.

[El problema era: si la evolución tiene lugar a lo largo de un tiempo larguísimo mediante cambios progresivos casi imperceptibles, ¿cómo es que no se puede documentar en el registro fósil ninguno de estos cambios?, nota 4 de octubre de 2004]

Es muy posible que, efectivamente, el registro fósil sea muy imperfecto, y creo que hay buenas razones para sospechar que así es, pero no se puede ocultar que resulta muy fustrante un argumento basado en la ausencia de evidencias y casi en la imposibilidad de obtener alguna vez evidencias.

Recuerda a lo fustrante que resultaba para la ciencia experimental el mecanismo evolutivo lamarckiano, indetectable e incomprobable. Y sucede también que un argumento de este tipo hace sospechar si no estamos construyendo razones ad hoc para explicar un fallo o una carencia de nuestras teorías.

Parecería, por otra parte, como si la naturaleza jugara con nosotros con una precisión casi insultante, no dejándonos ver nunca, ni siquiera por casualidad) precisamente aquello que más deseamos ver: el paso gradual de una especie a otra.

Es como ese Dios en el que creen tantas religiones, que parece querer mostrarse sólo en circunstancias dudosas, como si su mayor empeño fuera jugar con nuestra fe y nuestra credulidad.

Me da la impresión de que no puede haber una incompletitud del registro fósil tan uniformemente burlona, y que algo falla en nuestras teorías, o al menos en la teoría estrictamente gradualista.

Incluso contando con la imperfección del registro fósil, me parecería más razonable pensar, por ejemplo, que ha habido épocas más proclives a la formación de muchas especies y otras, la generalidad, más estables. Y también (o también) cortes bruscos (mutaciones, extinciones, catástrofes) que hacen más fácil explicar las irregularidades del registro fósil.

(escrito cuando iba por la página 559 de La estructura de la evolución)

 

Dice Gould (472) que difícilmente puede negarse que la teoría de la mutación de De Vries representa “en principio”, un mecanismo que no puede ser más antidarwinista en el nivel crucial del propio interés de Darwin: el origen de las especies.

Es cierto, pero también hay que tener en cuenta que la manera de entender qué es lo fundamental en el origen de las especies puede ser y es muy ambigua:

1) La variación (por mutación o por lo que sea) produce nuevas especies (o al menos nuevas variedades).

2) Sean cuales sean las nuevas variedades o especies, es la selección natural la que decide qué especies existirán o seguirán existiendo.

Se podría señalar, tal vez, la diferencia entre crear especies y crear las especies (las que son estables).

O tal vez se podría decir: la diferencia entre proponer variedades y crear especies.

Es fácil, y creo que seguramente correcto, darle a la selección natural un peso creativo decisivo en el origen de las especies. En conjunción indispensable, eso sí, con aquello que produzca (”proponga”) variaciones. La selección natural no puede trabajar sin variaciones, pero las variaciones posiblemente sí se producen sin intervención de la selección natural. Es decir, haga lo que haga la selección natural, se producen variaciones.

Esto parece, de nuevo, devolver al mecanismo que produce las variaciones el lugar de honor en lo que se refiere al origen de las especies, pero hay que tener en cuenta que, aunque la selección natural no cause las variaciones, sí es responsable, sin embargo, de la supervivencia de unas u otras variaciones y variedades, con lo que en gran parte determina el recorrido de esas mutaciones o variaciones.

Es decir:

Supongamos que no existe una intervención de la selección natural. Eso se traduciría, digamos, en la supervivencia de todas las variedades (esto es algo difícil de plantear en el mundo real, pero probablemente si resulta factible en una simulación de ordenador).

Al cabo de un tiempo, podríamos tener este resultado:

 

evolucion1

En este proceso, simplificado hasta el exceso en el diagrama, las letras designan especies. Todos los individuos se reproducen en esta simulación, excepto si algún mecanismo determina que no haya tal reproducción (individuos estériles, por ejemplo).

Pues bien, este proceso reproductivo y el origen de las especies en ausencia de selección natural sería muy distinto al que tendría lugar si la selección natural actuara.

Daría por ejemplo, un resultado como el siguiente:

 

evolucion2

Se puede ver aquí que, con la selección natural actuando, A3 consigue antes una preponderancia clara, lo que no permite siquiera la emergencia de ciertas variedades como F, y acelera o causa el surgimiento de nuevas especies como G.

Sin la presión de la selección natural, la variedad A1 no habría sido privilegiada de tal modo que surgiera la variedad G mucho antes de lo que había surgido.

Pero eso era en el supuesto inicial (gráfico 1) de acción cero por parte de la selección natural, posible en un ordenador, lo que facilitaba que se reprodujeran todas las líneas o individuos. Pero en un mundo con recursos limitados, tal cosa no sería posible.

Supongamos un mundo con recursos limitados en el que no todos los individuos pueden sobrevivir. Pero supongamos que tampoco ahora actúa la selección natural. ¿Cómo seleccionamos a los individuos? Tirando un dado, por ejemplo, o decidiendo nosotros a la manera de dioses omnipotentes.

Será fácil comprobar ahora, en una simulación de ordenador, que el proceso evolutivo será muy distinto y que algunas especies que surgieron cuando todos los individuos se reproducían, ahora NUNCA surgirán, mientras que otras aparecerán o desaparecerán de manera asombrosa, pese a su éxito adaptativo aparente (nuestro dado o dios omnipotente quizá se parecería, en tal caso, al efecto de una gran catástrofe o extinción masiva).

Teniendo en cuenta estas cosas, es por lo que se puede hablar del carácter creativo de la selección natural en el origen de las especies, sea cual sea el mecanismo que provoca la variedad.

Desde este punto de vista, la disputa De Vries/Darwin es acerca de la preponderancia de la mutación o de la selección natural en el origen de las especies, pero eso no hace incompatibles per se la mutación y la selección natural.

[No sé cuál será la conclusión de Gould. Yo estoy leyendo ahora  la página 473]

 La Palma, septiembre 2004

 

Cinco minutos después:

Gould parece dirigirse hacia esta dirección, e incluso el propio De Vries (ver 474ss).

 

10 minutos después:

Así se confirma (477).

Como en una película de misterio, uno anticipa el desenlace y se cree muy listo, pero el autor de la película, Gould, sembró las pistas que nos permitieron esa anticipación.

 

Un poco después:

Me interesaría hacer esa simulación de ordenador y espero poder hacerla. Se podrían probar distintas teorías, como la ortogénesis, las extinciones masivas, etcétera.

En cualquier caso, aquello que propuse era una idealización, porque parece evidente que incluso los defensores de la mutación, de la variación programada o cualquier otra cosa, no pueden descartar de modo absoluto la selección natural, la influencia del medio y la competencia entre especies (así lo hacía el propio De Vries). Puesto que tiene que existir una influencia de la selección natural por mínima que sea (especies que se reproducen sin limitación alguna saturarían el medio y agotarían los recursos). Creo que esa influencia hace inevitablemente decisiva la intervención de la selección natural, no sólo acelerando la aparición de ciertas especies, al privilegiar una línea u otra. En este sentido, la selección natural es creativa.

Sé que este argumento suena, prima facie, como circular, es incluso casi como una tautología, pero espero mostrar que no es así y aclarar la confusión de esta exposición apresurada.

 

Las teorías superadas

Gould trata a menudo un asunto que me interesa mucho: la continua injusticia hacia los teóricos del pasado, a los que se elimina del debate intelectual sin siquiera conocer realmente qué pensaban. Descalificaciones maliciosas, burdas parodias de sus ideas que nos los presentan como si se tratara de verdaderos estúpidos. Especialmente llamativos son los casos de Goldschmidt y Cuvier (511ss).

Muchas veces me he referido a esto, lamentando la fácil descalificación y la manera en la que se exponen las ideas de los “derrotados” en el debate intelectual.

Me alegra que Gould no lo haga y que respete y exponga con justicia incluso las ideas que él mismo rechaza.

Modelo de cartulina llama Gould (514) a lo que en el Elogio de la infidelidad yo llamé (creo que inspirado por alguien, “crear un monstruo”: crear un enemigo tan ridículo que es incapaz de responder a nuestros golpes dialécticos. Usé ese método en un capítulo del Elogio, advirtiendo al lector de mi truco.

A decir verdad, no creé un monstruo o modelo de papel, sino que tan sólo elegí un defensor de la fidelidad que me permitía mostrar los extremos a los que puede llegar la defensa de la fidelidad. Me acusé, pues, en falso precisamente para no dar una importancia desmesurada al ejemplo elegido (el samurai autor de Hagakure). Por otro lado, si encuentro a alguien que defienda con vigor y buenos argumentos la fidelidad, lo añadiré a mi ensayo, porque a mí, como creo que a Gould (y sin duda también a Darwin) me gusta mucho más convencer que vencer, y convencer a un enemigo poderoso mucho más que a un muñeco de cartón piedra. Pero lo cierto es que, una vez quitado el barniz de lo establecido, de lo indiscutible, los argumentos en favor de la fidelidad se derrumban solos (lo que no quiere decir que sea fácil convencer a sus partidarios: es casi imposible).

 

 


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