(Escribo antes de leer la página 583. Quizá Gould diga más adelante algo semejante a lo que yo quiero decir aquí)
La navaja de Occam es una de esas imágenes filosóficas que se usan una y otra vez para resolver disputas teóricas. Creo que casi siempre se emplea mal, y más desde que se ha convertido en un lugar común equivalente a un anatema que se lanzan unos a otros.Es posible, creo, que el uso realmente útil de la navaja de Occam (parte de la disputa original acerca del nominalismo y el idealismo) sea cuando se aplica a posteriori, pero no cuando se aplica a priori. No debe utilizarse como una censura previa (excepto en casos que resultan tan evidentes que saltan a la vista), sino que ha de ser una razón más para decantarnos por una explicación en lugar de otra cuando ambas explicaciones son totalmente equivalentes.
No sirve para refutar una teoría con la excusa de que una teoría es demasiado compleja, sino para hacernos sospechar que si hay dos soluciones posibles y una es más sencilla, entonces es probable que la más compleja haga uso de supuestos innecesarios. Pero sólo indica esa probabilidad.
Es perfectamente posible imaginar una explicación compleja que sea, sin embargo, la explicación correcta, a pesar de que también exista otra explicación más sencilla que también parezca capaz de dar cuenta de los fenómenos que se quieren explicar.Voy a imaginar una situación de este tipo (que será una inversión de la disputa entre el sistema tolemaico y el copernicano).
Por mucho que nos gusten las soluciones simples, a menudo los problemas exigen soluciones complejas. Incluso aunque un asunto se pueda explicar de manera simple, ello no implica que se explique efectivamente así.
Esto no vale sólo para la biología y la evolución, sino que también se puede aplicar a la sociología y la psicología: a menudo tendemos a explicar el comportamiento de otra persona a partir de una sencilla ecuación estímulo-respuesta, pero muchas veces las razones de un comportamiento son más complejas de lo que creemos.
En definitiva, la navaja de Occam ha de tomarse como un estímulo para seguir investigando y puliendo nuestras teorías, quitándoles lo innecesario, pero en otras ocasiones ha de ser tomada como un factor de probabilidad (no de certeza) en el momento de elegir entre teorías rivales. Finalmente, en muchas ocasiones su mejor y más razonable uso es tan sólo semejante al un proverbio o una frase hecha que viene al caso. Es decir: un comentario sin más una vez que una cuestión ya ha sido decidida gracias a una explicación sencilla.
Decimos, por ejemplo: “A quien madruga, Dios le ayuda”, si gracias a nuestro madrugón hemos conseguido llegar a tiempo a una cita importante, pero diremos: “No por mucho madrugar amanece más temprano” si hemos madrugado tanto que llegamos dormidos y agotados a esa cita tan importante. Los refranes no suelen expresar verdades, sino que existe uno para cada ocasión. Sirven como estímulo retórico o emotivo para hacer algo o como comentario posterior (positivo o negativo) a una acción ya realizada.
Pero nunca como un criterio de verdad ni como un anatema o dogma de fe en contra de ideas o de teorías.
(La Palma)
Un caso sencillo en el que se podría aplicar mal la navaja de Occam: vemos una superficie de color verde. Podemos suponer que ese color verde se debe a que sobre ella incide un haz de luz verde. Esa es la explicación más sencilla. Pero la verdadera explicación, en ese caso concreto, podría ser que ese verde es el resultado no de un haz de luz verde, sino de dos haces que se juntan: uno amarillo y otro azul. Si aplicásemos la navaja de Occam nos sentiríamos muy satisfechos con la explicación sencilla (un único haz verde) pero sería la explicación incorrecta.
[...] 29, 2004 by neuer Leo ahora a Gould que dice algo parecido a lo que escribí (La navaja de Occam) cuando interrumpí su lectura (aunque él no dice todo lo que yo digo ni yo digo todo lo que él [...]