Leo ahora a Gould que dice algo parecido a lo que escribí (La navaja de Occam) cuando interrumpí su lectura (aunque él no dice todo lo que yo digo ni yo digo todo lo que él dice).
Pone un estupendo ejemplo de una teoría más sencilla que otra y que sin embargo no es correcta: el lamarquismo, que supone un sólo paso (adaptación), frente al darwinismo, que requiere dos pasos: variación y selección:
“La ruta lamarquiana opera de manera más simple y directa… Pero resulta que la naturaleza sigue la vía darwiniana” (583).
También explica con acierto Gould que a menudo lo sencillo y lo complejo se definen en relación con nuestros prejuicios culturales.
Termina con una interesante nota en la que explica que el 12 de febrero de 2001, al anunciarse el número inesperadamente bajo de genes, en el genoma humano “se propinó el golpe más duro de nuestras vidas a las convenciones reduccionistas” y se favorecieron las teorías que, como la de Gould, insisten en las propiedades emergentes. Así, las ideas organísmicas de aquelllos defensores de la navaja de Occam (que querían aplicarla a nivel de gen, como Richard Dawkins, o de organismo) se han visto seriamente comprometidas. Y lo que resulta curioso y paradójico (aunque Gould no lo dice explícitamente) es que ese golpe ha sido en cierta medida un navajazo de Occam que ha reducido tan drásticamente el número de genes que ha hecho más improbable, en vez de más probable, el reduccionismo génico.
Es tan paradójico que se puede considerar un bello ejemplo de eso que se llama justicia poética: de qué manera una simplificación de la realidad (el número de genes) nos obliga a buscar explicaciones más complejas, porque con tan pocos genes no podemos explicar todas las variaciones observables.
(La Palma)